Las primeras imágenes que vi de Sebastião Salgado fueron en el diario El País, en papel, hace ya muchos años. Me parecieron cuadros, pinturas en blanco y negro, representaciones teatrales con personajes decorados para la ocasión.
Un brasileño internacional que recorrió más de 100 países para cazarnos las esencias y traérnoslas al sofá. Para decirnos que nuestra suerte no la sabemos entender ni cuidar. Sus numerosos premios no han compensado el dolor de los que se dejaron fotografiar. Pero nos han servido para saber que otros mundos imposibles son posibles.
No siempre fue aplaudido, y a veces se le criticó la comercialización de la miseria humana, del dolor, de vender un mundo actual esclavista, prehistórico, tremendamente duro. Pero curiosamente todo eso existe, aunque no lo deseemos ver.
Es imposible quedarnos con una sola imagen de las miles y miles que hizo, de las cientos que publicó. Tal vez un cielo de la Amazonia refleje mejor esos espacios a los que posiblemente hay ido volando, para seguir viendo personas sufrir.
