Nuestro primer día en Marruecos fue maravillosamente atrevido.
Creímos y sin equivocarnos que todas las gentes eran buenas y agradables.
Era la única manera de ser feliz en aquella tierra de la Edad Media y soñar que habíamos volado hacia el tiempo pasado.
Un taxista nos llevó a un barrio que según él no era visitado por los turistas.
Y efectivamente parecía que allí solo estaban ellos y nosotros dos.
Muchos de ellos y solos nosotros dos.
Nuestros ojos estaban más que abiertos.
Y de esa manera aprendimos a ser atrevidos y a fiarnos si se viaja.
Eso sí, sabiendo utilizar siempre ese sentido de la responsabilidad.
Que se aprende si sabes comportarte y tienes ciertos cuidados.
La otra opción es NO viajar.
